Utilidad de la Pasión de Cristo y reflexiones

UTILIDAD EJEMPLAR DE LA PASIÓN DE CRISTO

Santo Tomás de Aquino: In Symbolo Apostolorum (Comentario al Credo)

Cristo crucificado de Velázquez – Insitute of Art – Chicago (US)

La Pasión de Cristo es suficiente para informar totalmente nuestra vida. Pues quien desea vivir con perfección, no debe hacer otra cosa que despreciar lo que Cristo despreció en la cruz, y desear lo que Cristo deseó.

Ningún ejemplo de virtud está ausente de la cruz. Si buscas el ejemplo de la caridad, ninguno tiene mayor amor que éste, que es poner su vida por sus amigos (Jn 15, 13), y esto lo hizo Cristo en la cruz. Por consiguiente, si dio su alma por nosotros, no debe sernos pesado soportar por amor a él cualquier mal. ¿Qué retornaré al Señor por todas las cosas que me ha dado? (Sal 105, 12).

Si buscas ejemplo de paciencia, se encuentra excelentísimo en la cruz. Pues la paciencia es grande en dos cosas: o cuando se sufren pacientemente grandes males, o cuando se los soporta, y pudiéndolos evitar, no se los evita. Mas Cristo sufrió grandes males en la cruz. Oh vosotros, todos los que pasáis por el camino, atended y mirad si hay dolor como mi dolor (Lam 1, 12) Lo sufrió pacientemente, porque padeciendo no amenazaba (1 Ped 2, 23) Como oveja será llevado al matadero, y como cordero delante del que lo trasquila enmudecerá (Is 53, 7). Asimismo, pudo evitarlos y no los evitó: ¿Por ventura piensas que no puedo rogar a mi Padre, y me dará ahora mismo más de doce legiones de ángeles? (Mt 26, 53) Por lo tanto, la paciencia de Cristo en la cruz fue máxima. Corramos con paciencia a la batalla, que nos está propuesta, poniendo los ojos en el autor y consumidor de la fe, Jesús, el cual habiéndole sido propuesto gozo, sufrió cruz, menospreciando la deshonra (Heb 12, 1-2).

Si buscas ejemplo de humildad, mira al crucificado; porque Dios quiso ser juzgado y morir bajo Poncio Pilato, cumpliéndose lo que dice el libro de Job (36, 17): Tu causa ha sido juzgada como la de un impío. Verdaderamente como la de un impío, por aquello de condenémosle a la muerte más infame (Sab 2, 20). El Señor quiso morir por el siervo, y él, que es la vida de los ángeles, quiso morir por los hombres.

       Si buscas ejemplo de obediencia, sigue al que se hizo obediente hasta la muerte (Flp 2, 8). Porque como por la desobediencia de un solo hombre muchos fueron hechos pecadores; así también serán muchos hechos justos por la obediencia de uno solo (Rom 5, 19)

         Si buscas ejemplo del desprecio de lo terreno, sigue al que es Rey de reyes y Señor de los que dominan, en el cual están los tesoros de la sabiduría; y, sin embargo, aparece en la cruz, desnudo, burlado, escupido, herido, coronado de espinas, abrevado con hiel y vinagre, y muerto. Falsamente, pues, te dejas impresionar por los vestidos y las riquezas: Se repartieron mis vestiduras (Sal 21, 19); falsamente te seducen los honores, porque yo he sufrido escarnios y azotes; falsamente te inquietan las dignidades, pues: Tejiendo una corona de espinas, se la pusieron sobre la cabeza (Mt 27, 29); falsamente te conmueven las delicias, porque en mi sed me dieron a beber: vinagre (Sal 68, 22).

Hasta aquí Tomás de Aquino. Podemos agregar nosotros la siguiente consideración:

          Dice un padre de la Iglesia primitiva, llamado Orígenes: “El que afirma que Jesús es Cristo, pero al mismo tiempo pasa por alto su nacimiento de la Virgen, o la estrella que señaló su nacimiento, o los ángeles que se regocijaron y cantaron en su nacimiento…, o los demás peligros y signos que El hizo, ese tal no está tan lejos de la verdad como aquel que oculta su Cruz” (In Mt XII, 19). Así como no tiene sentido una cruz sin Cristo, tampoco un Cristo sin Cruz.

            Ahora bien; ¿por qué la sola consideración de estas cosas, en particular de la Cruz o de la Pasión de Cristo la vemos como una cosa terrible, de la cual mejor apartarse o no pensar?, ¿por qué vemos en este pensamiento sólo el aspecto de sufrimiento y nada de consuelo? Sin duda alguna que el problema no está en la Cruz ni en Jesús. El problema está en nosotros.

             En la cruz más que en cualquier otra circunstancia de su vida, Cristo aparece como un verdadero Dios escondido, más escondido que nunca, pues El que es Todopoderoso se nos presenta como en debilidad extrema. En la medida que nuestra mirada sea de Fe, sea divina, similar a la de Dios, veremos el Dios escondido. En la medida que nuestra mirada sea aún demasiado humana, nos parecerá la Cruz terrible, un peso insoportable y sin sentido.

            Nuestra mirada muchas veces es todavía como la de aquellos que no creen en Cristo, aunque digamos que creemos. Así escribe San Pablo a los Corintios: “Los judíos piden señales, los griegos (paganos de aquel tiempo) buscan sabiduría, mientras que nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, locura para los gentiles, más poder y sabiduría de Dios para los llamados, ya judíos, ya gentiles. Porque la locura de Dios es más sabia que los hombres y la debilidad de Dios, más poderosa que los hombres” (1 Cor 1,22s).

           En muchas de las circunstancias que tienen lugar en estos tiempos, se vive actualmente esta realidad. Algunos son como los judíos de los tiempos de San Pablo, para los cuales que la Cruz sigue siendo ciertamente un escándalo (ni soñar que un hombre muerto en cruz pudo haber sido un Mesías), hay no creyentes y creyentes tibios que podemos asimilarlos a los gentiles de los cuales habla San Pablo, porque en la práctica lo son: Para ellos ciertamente que la Cruz es una locura, y por eso la niegan, porque no es posible que alguien bendecido por Dios deba sufrir y morir así (y ni pensar que pudo haber sido Hijo de Dios), pero ¡ojo! a nosotros cristianos, para los cuales muchas veces la Cruz de Cristo parece también locura o también escándalo. ¡Si tantas veces nos escandalizamos incluso de nuestras cruces…!

             Nosotros podemos decir: ¡Somos humanos! ¡Por fuerza nuestro modo de ver debe ser humano…! No nos acordamos sin embargo, que somos cristianos, y como tales hemos recibido los medios y la facultad de ver las cosas con ojos de Dios, al menos de comenzar a verlas así, lo cual requiere un esfuerzo prolongado, durante casi toda la vida. Hemos recibido el Bautismo, los sacramentos, la Fe, la Gracia, pero el punto preciso es que nos cuesta mirar la Cruz de Cristo y aceptarla, diciendo: “¡Creo Señor, que Tú eres el Dios escondido, que allí estás para mi Salvación, y que allí me has salvado!, y que el máximo Amor que has tenido por Mí está allí, aunque me cueste entender”. Si yo no doblego mi propio criterio, mi propio juicio ante Dios, aunque al principio no vea claro, entonces no podré ser un cristiano en serio, y no tengo derecho a quejarme de las cosas que hacen aquellos que no lo son, o aquellos que lo son solo de nombre, porque yo también lo sería. Yo puedo perfectamente, aunque sea humano, ver las cosas al modo de Dios, que es lo mismo decir comenzar a ser un hombre nuevo, que es en definitiva la novedad del evangelio, pero de mi depende, de mi libre aceptación.

            La Cruz es un Misterio, es una contradicción para el mundo. Son dos líneas que se chocan. El máximo dolor es el máximo gozo, el odio de los enemigos se choca con la sobreabundancia del Amor de Cristo, el árbol de la muerte se transforma en fuente de vida para los que de El se alimentan. De la Cruz viene toda alegría, toda vida, alegría eterna, vida y felicidad eternas.

 

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