Por el Reino de los Cielos (Los religiosos y Cristo Rey)

Compartimos este escrito sobre la importancia de la consagración realizada como religiosos, respecto a la realeza de Jesús, realeza que en este mes de Noviembre nos aprestamos a celebrar y recordar en la solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo. (Por el Reino de los Cielos. Los religiosos y Cristo Rey)

Fuente: https://nuestrocarisma.org/

Por el Reino de los Cielos[1]
Constituciones, 257

Cristo crucificado de Francisco de Zurbarán – Institute of Art – Chicago (US)

Cada año los miembros del Instituto del Verbo Encarnado realizamos los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola, donde el santo español nos “convida a la gran conquista de la santidad”[2]. Durante la ‘segunda semana’ de dichos Ejercicios se nos da ocasión de realizar la contemplación del “llamamiento del Rey”[3] ya que la vida cristiana no es la simple adhesión a una doctrina, sino el seguimiento y la compañía a una Persona.

Allí escuchamos como un estribillo la pregunta “¿Qué debo hacer por Cristo?”[4], que denota la tonalidad singularmente ‘práctica’ del llamamiento y del consecuente del seguimiento de Cristo. Porque como bien señala San Ignacio, “el amor se debe poner más en las obras que en las palabras[5]. De aquí la importancia de renovar constantemente las disposiciones de magnanimidad y generosidad en nuestra adhesión a la voluntad del Rey. Esto incluye, ciertamente, un volver a menudo a las primicias y frescura de aquel llamado que un día Cristo nos hizo personalmente a cada uno y un volver a pronunciar decididamente nuestro sí al Amado. Eso incluye, al mismo tiempo, el ‘hacer más lugar’ en nuestra vida, en nuestras almas, en nuestro corazón para que Dios reine en nosotros.

1. Jesucristo es Rey

Dice el Directorio de Espiritualidad: “El Señor es Rey de toda la humanidad en sentido estricto, literal y propio, ya que recibió del Padre la potestad, el poder y el reino[6], por eso es Rey de reyes y Señor de los señores[7]. Como ustedes saben el fundamento de este reinado es cuádruple:

  • En primer lugar, le compete por ser Dios, el Verbo Encarnado, y así dice San Cirilo de Alejandría: “Cristo obtiene la dominación de todas las creaturas, no arrancada por la fuerza ni tomada por ninguna otra razón, sino por su misma esencia y naturaleza”[8];
  • en segundo lugar, le compete en virtud de la Redención, por derecho de conquista, al habernos comprado con su sangre: No fuisteis rescatados… con oro o plata corruptibles, sino con la sangre preciosa de Cristo[9];
  • en tercer lugar, por ser Cabeza de la Iglesia, por la plenitud de la gracia: lleno de gracia y de verdad[10];
  • en cuarto lugar y por derecho de herencia: a quien constituyó heredero de todas las cosas[11].

Su autoridad regia incluye la plenitud del triple poder: legislativo, judicial y ejecutivo”[12].

Además, “el ámbito de su reinado es doble, personal y social. Reina sobre las inteligencias porque es la Verdad, ‘y es necesario que los hombres reciban con obediencia la verdad de Él’[13]; reina sobre las voluntades porque es la Bondad, ‘de tal modo que nos inflama hacia las cosas más nobles’[14]; y reina sobre los corazones porque es el Amor. Y reina también socialmente, ya que ‘no hay diferencia entre los individuos y el consorcio civil, porque los individuos, unidos en sociedad, no por eso están menos bajo la potestad de Cristo, que lo están cada uno de ellos separadamente. Él es la fuente de la salud privada y pública’[15][16].

“Ciertamente que no es el Suyo un reino temporal ni terreno: mi Reino no es de este mundo[17], sino que es un Reino eterno: su Reino no tendrá fin[18], y es universal: le fue dado todo poder en el cielo y en la tierra[19]; Reino de verdad y de vida, de santidad y de gracia, de justicia, de amor y de paz[20][21].

2. Una realeza efectiva

Ahora bien, habiendo oído libremente la llamada del Señor para seguirle dondequiera que vaya: “quien quisiere venir conmigo[22], hemos aceptado el estar con Él, porque queremos empaparnos de su presencia y ser poco a poco “otros Cristos”[23]. Es decir, nosotros los religiosos, hemos abrazado “la forma de vida que Jesús, supremo consagrado y misionero del Padre para su Reino, abrazó y propuso a los discípulos que lo seguían”[24].

Esto implica −como decíamos anteriormente− que Cristo debe reinar en nuestras vidas, y eso no es otra cosa sino “no anteponer nada a Cristo”[25] . Porque “claro está −enseña San Juan de la Cruz− que cuanto más uno pusiese los ojos en los criados del rey y más reparase en ellos, menos caso hacía del rey y en tanto menos le estimaba; […] pues cuanto más pone [los ojos] en los criados, tanto más quita de su señor; y entonces no juzgaba éste del rey muy altamente, pues los criados le parecen algo delante del rey, su señor. Así acaece al alma para con su Dios cuando hace caso de las dichas criaturas”[26].

En este sentido, “el estado religioso […] revela de manera especial la superioridad del Reino sobre todo lo creado y sus exigencias radicales. Muestra también a todos los hombres la grandeza extraordinaria del poder de Cristo Rey y la eficacia infinita del Espíritu Santo, que realiza maravillas en su Iglesia”[27].

Muchos de Ustedes conocerán la historia de San Rafael Arnáiz Barón (1911-1938), monje trapense, quien a causa de su enfermedad (diabetes) vio interrumpida su vida monástica tres veces. Rafael acababa de pedir al abad poder regresar por tercera vez al monasterio. Y esta sería la última. Entonces un día de noviembre de 1937 le escribió una carta al hermano Tescelino −quien había sido su enfermero en la Trapa− contándole que el Padre Abad le había dicho que podía volver al convento cuando quisiera… pero que lo pensase bien y no se precipitase porque ahora no tenían enfermero (ya que el hermano Tescelino había sido incorporado al servicio militar). Entonces Rafael reflexiona: “Humanamente hablando, es muy prudente, ¿no te parece? Pero ¿qué he de hacer? Pues mira, yo pienso de la manera siguiente, a ver qué te parece.

Suponte que tú estás en tu casa enfermo, lleno de cuidados y atenciones, casi tullido, inútil…, incapaz de valerte, en una palabra. Pero un día vieras pasar debajo de tu ventana a Jesús. […] Si vieras que Jesús te llamaba y te daba un puesto en su séquito, y te mirase con esos ojos divinos que desprendían amor, ternura, perdón, y te dijese: ¿Por qué no me sigues? … Tú, ¿qué harías? ¿Acaso le ibas a responder… Señor, te seguiría si me dieras un enfermero…, si me dieras medios para seguirte con comodidad y sin peligro de mi salud… te seguiría si estuviera sano y fuerte para poderme valer…?

No, […] seguro le hubieras dicho: Voy, Señor, no me importan mis dolencias, ni la muerte, ni comer, ni dormir … Si Tú me admites, voy. Si Tú quieres puedes sanarme… No me importa que el camino por donde me lleves sea difícil, sea abrupto y esté lleno de espinas. No me importa si quieres que muera contigo en una cruz […]. Se me hacen prudentes advertencias… Pero ¿qué vale todo eso, al lado de la mirada de un Dios como Jesús de Galilea, que te ofrece un puesto en el cielo, y un amor eterno? Nada, hermano… ni aun sufrir hasta el fin del mundo merece la pena de dejar de seguir a Jesús”[28].

Análogamente, cada uno de nosotros −asistidos ciertamente por la gracia de Dios− hemos respondido al llamado de nuestro Señor dejando atrás todo para seguirle. Es la radicalidad que se impone si hemos de amar con amor indiviso al Verbo Encarnado. Pues la nuestra ha sido y debe seguir siendo “la opción por un amor más grande e indiviso a Cristo y a su Iglesia”[29]. Eso es lo que nos permite “ofrecer un ‘testimonio privilegiado de una búsqueda constante de Dios y una dedicación absoluta al crecimiento de su Reino”[30]. Eso es algo que conviene tener muy presente sobre todo cuando la pobreza se siente más ásperamente, cuando la salud no acompaña el ímpetu apostólico, cuando a pesar de nuestra dedicación somos criticados, cuando la soledad se vuelve más densa, cuando los auxilios divinos parecieran que se han acabado para nosotros, cuando las tentaciones de pactar con el mundo se agigantan.

En otras palabras, nuestra consagración implica –de hecho– una vida de señorío.

Esta vida de señorío un religioso del Verbo Encarnado la ha de ejercer:

  • Sobre sí mismo: en la medida en que triunfe sobre el pecado, domine los incentivos de la carne, y gobierne su alma y cuerpo. El religioso, en la medida en que somete cumplidamente su alma a Dios, llega a una situación de indiferencia y desapego a las cosas del mundo, que le da una voluntad dominadora y libre, capaz de dedicarse a las cosas sin dejarse dominar por ellas[31].
  • Sobre los hombres: en la medida en que el religioso se entrega generosamente al servicio de Jesucristo, el único Rey que merece ser servido, adquiere una realeza efectiva, aunque espiritual, sobre los hombres, aun sobre los que tienen poder y autoridad, y aun sobre los que abusan de ella. Porque toman sobre sí la carga de sus pecados y sus penas, por un amor humilde y servicial que llega hasta el sacrificio de sí mismo[32].
  • Sobre el mundo: esto se da de dos modos, a saber: 1) colaborando con el mundo de la creación por el trabajo y el mundo de la redención por el apostolado. Para que esta realeza sea efectiva será necesario que junto a una dedicación a las cosas, haya al mismo tiempo, un desprendimiento y desapego a las mismas; 2) rechazando el mundo, ya sea por lealtad al mundo mismo que debe ser tenido como medio y no como fin, ya sea por lealtad hacia Dios, resistiendo a las concupiscencias, tentaciones y pecados del mundo; siendo independientes frente a las máximas, burlas y persecuciones del mundo, sólo dependiendo de nuestra recta conciencia iluminada por la fe; dispuestos al martirio por lealtad a Dios, lo que constituye el rechazo pleno y total del mundo malo[33].
  • Sobre el demonio: dice el derecho propio: “Necesitamos religiosos convencidos no sólo de que tienen por gracia de Dios poder para resistir al demonio, sino también para poder exorcizarlo”[34].

Debemos persuadirnos de que hemos sido “consagrados para el Reino” y, por tanto, somos verdaderos religiosos en tanto y en cuanto estamos consagrados totalmente al servicio de Dios ofreciéndonos a Él en holocausto[35]. Lo cual se logra a través de la práctica fiel y constante de los votos religiosos. En efecto, el Magisterio de la Iglesia enseña que “la vocación de las personas consagradas a buscar ante todo el Reino de Dios es, principalmente, una llamada a la plena conversión, en la renuncia de sí mismo para vivir totalmente en el Señor”[36]. Por tanto, es nuestra oblación a través de la obediencia, de la pobreza y de la castidad lo que hace que nuestra existencia sea “memoria viviente del modo de existir y de actuar de Jesús el Verbo hecho carne[37], ante el Padre y ante los hombres”[38], y una contribución efectiva al reinado de Cristo.

3. Yo hago mi oblación[39]

La invitación de Cristo “quien quisiere venir conmigo” trae aparejado el “trabajar conmigo”, y San Ignacio pone en boca de Cristo la razón de ello: “porque siguiéndome en la pena, también me siga en la gloria”[40].

Y aunque ya lo hemos dicho muchas veces y es de todos conocido creemos que vale la pena volver a mencionar que el seguimiento de Cristo, “no es la promesa de éxitos fáciles. No promete a nadie una vida cómoda. Es exigente. Y al mismo tiempo es una Gran Promesa: la promesa de la vida eterna para el hombre, sometido a la ley de la muerte; la promesa de la victoria, por medio de la fe […]. Para encontrar la vida, hay que perder la vida; para nacer, hay que morir; para salvarse, hay que cargar con la Cruz”[41].

Nuestra consagración es sinónimo de holocausto, de oblación. Esto dicho en un tono más ignaciano sería equivalente a decir que nuestra consagración al reino de Cristo “conlleva la aceptación del combate espiritual”[42].

Por eso nos parece posible trazar un paralelo entre la oración de oblación del reino de San Ignacio y nuestra fórmula de profesión religiosa, sobre la que siempre conviene profundizar. Es notable cómo ambas se corresponden de una manera que nos admira, veamos:

Oblación del reino[43] Fórmula de consagración en el IVE[44]
 

Eterno Señor de todas las cosas

Por el amor al Padre, origen primero y fin supremo de la vida consagrada;
a Cristo, que nos llama a su intimidad;
al Espíritu Santo, que dispone el ánimo a acoger sus inspiraciones.

Nuestra consagración tiene origen en la iniciativa de Dios y a Dios mismo tendemos, pues “para gloria de la Trinidad Santísima, mayor manifestación del Verbo Encarnado y honra de la Iglesia fundada por Cristo”[45] hemos abrazado este estado de vida que “imita más de cerca … aquella forma de vida que el Hijo de Dios escogió al venir al mundo…”[46] con el único “fin de buscar únicamente a Dios”[47]. De este modo, nuestra vida religiosa en cuanto promueve una existencia transfigurada a través de la práctica de los consejos evangélicos, se convierte en una manifestación de Dios y una confessio Trinitatis, es decir, en una de las huellas concretas que la Trinidad deja en la historia[48].

“Concretamente, la castidad es el reflejo del amor infinito que une a las tres Personas divinas, la pobreza es expresión de la entrega total de sí que las tres Personas divinas se hacen recíprocamente, la obediencia es reflejo en la historia de la amorosa correspondencia propia de las tres personas divinas”[49]. Así entonces, a partir de una existencia transfigurada, queremos participar en la vida de la Trinidad y confesar el amor que salva[50].

En efecto, nuestra fórmula de profesión[51] y las mismas Constituciones[52] que rigen nuestro estilo particular de santificación y apostolado, comienzan con una invocación Trinitaria y terminan con ella; porque no es otro el principio ni el fin de nuestra consagración sino “Dios solo”[53]. Y así como San Ignacio comienza diciendo: “Eterno Señor de todas las cosas” nuestras Constituciones comienzan diciendo: “Confesamos que Dios es el Señor y Padre de todas las cosas, principio y fin de todas ellas” y todas ellas las queremos “restaurar, íntegramente, en Cristo”[54], ya que eso es precisamente “prolongar la Encarnación en todas las cosas”[55].

Por eso entendemos que la práctica de nuestros votos religiosos es una “manifestación de la entrega a Dios con corazón indiviso[56] y reflejo del amor infinito que nos une a Él”[57].

Esto requiere una “santa familiaridad con el Verbo hecho carne”[58] y el ser formados en una profunda intimidad con Dios[59] que nos dispone el ánimo para acoger sus inspiraciones[60], “de modo que pertenezcamos cada vez más a Cristo, y por ende a su Cuerpo místico, ya que si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Cristo[61][62].

De ese modo, nuestra “consagración religiosa se vuelve imagen de la Trinidad: ‘es anuncio de lo que el Padre, por medio del Hijo, en el Espíritu, realiza con su amor, su bondad y su belleza… Por eso, su primer objetivo es el hacer visibles las maravillas que Dios realiza en la frágil humanidad de las personas llamadas’[63][64].

En otras palabras: “Abrazamos este estado de vida para poder más fácilmente entregarnos a las cosas divinas, alcanzando con mayor seguridad la eterna bienaventuranza y, finalmente, dedicarnos con más libertad a la obra de conducir a otros al Reino de los cielos”[65], de modo tal que nuestra consagración “ha de ser útil al prójimo en cuanto sea un testimonio viviente de las realidades sobrenaturales”[66].

Oblación del reino Fórmula de consagración en el IVE
yo hago mi oblación,
con vuestro favor y ayuda
Yo N.N., libremente, hago a Dios oblación de todo mi ser […]

“La consagración es la base de la vida religiosa. Al afirmarlo la Iglesia quiere poner en primer lugar la iniciativa de Dios y la relación transformante con Él que implica la vida religiosa. La consagración es una acción divina. Dios llama a una persona y la separa para dedicársela a sí mismo de modo particular. Al mismo tiempo da la gracia de responder, de tal manera que la consagración se exprese, por parte del hombre, en una entrega de sí profunda y libre”[67], según enseña el Magisterio de la Iglesia.

Ahora bien, esta “consagración a Dios de la vida religiosa es una consagración total, que ‘exige, según San Gregorio, consagrar a Dios ‘toda la vida’”[68], lo cual sólo se puede llevar a cabo por medio del voto, ya que no poseemos la vida toda entera, en un momento. El hombre por medio del voto renuncia libremente ‘a la libertad misma de abstenerse de lo que se refiere al servicio divino’”[69].

Es por eso que nuestras Constituciones explicitan que nuestra oblación consiste principalmente en el cumplimiento de los tres votos de castidad, pobreza y obediencia, impulsados por la caridad[70]. Y por tanto, la profesión religiosa constituye un verdadero holocausto de sí mismo, ya que en virtud de los votos se entrega a Dios todo lo propio, sin reservarse nada: por el voto de castidad, el bien propio del cuerpo; por el voto de pobreza, las cosas exteriores; y los bienes del alma por el voto de obediencia[71].

Esta consagración realmente abarca la vida entera y por eso decimos “de todo mi ser”. Por este motivo podemos decir que “la vida religiosa consiste esencialmente en los tres votos de pobreza, castidad y obediencia[72], por los cuales se entregan a Dios los bienes exteriores, el derecho a formar una familia y la libertad, que es lo más querido para el hombre. De tal modo que al religioso no le queda absolutamente nada.

Enseña Santo Tomás que ‘se llaman por antonomasia religiosos los que se consagran totalmente al servicio de Dios, ofreciéndose a Él en holocausto. […] En el holocausto la víctima ofrecida a Dios es inmolada. La inmolación implica la destrucción total de la víctima en honor de Dios. El religioso se inmola a Dios en holocausto siguiendo a Cristo pobre, virgen y obediente hasta la muerte de cruz”[73]. “Pero más que una destrucción, debemos hablar de una positiva transformación. El religioso lo entrega todo para alcanzar la caridad perfecta que le hará poseer a Dios íntima y plenamente”[74].

Entonces, “se trata de entregarlo todo, pero no como fin en sí mismo, sino para verse libre de todos los impedimentos que podrían apartar de la caridad perfecta[75] y por tanto en orden a una consagración más íntima a Dios y una entrega nueva y especial al servicio de Dios y a la misión salvífica de la Iglesia”[76].

Más aun, nuestra fórmula de profesión menciona explícitamente que hacemos la oblación de todo nuestro ser “libremente”:

  • Libremente hemos elegido ser de los eunucos que a sí mismos se han hecho tales por amor del Reino de los Cielos (Mt 19, 12)[77]. 
  • Libremente hemos escogido la pobreza para proclamar “el Absoluto de Dios, que es nuestra única riqueza”[78]. 
  • Libremente elegimos ser obedientes y someter la propia voluntad a los Superiores legítimos, que hacen las veces de Dios cuando mandan algo según las Constituciones[79], imitando en esto a Jesucristo, hecho obediente hasta la muerte y muerte de cruz[80].

Por lo tanto, “los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia, vividos por Cristo y abrazados por su amor, aparecen como un camino para la plena realización de la persona en oposición a la deshumanización; proclaman la libertad de los hijos de Dios y la alegría de vivir según las bienaventuranzas evangélicas”[81]. Lejos de ser una renuncia que empobrece, más bien nos enriquecen porque nos liberan “de los impedimentos que podrían apartarnos del fervor de la caridad y de la perfección del culto divino, consagrándonos más íntimamente al servicio de Dios”[82] para llegar a poseer a Dios íntima y plenamente[83].

Dicho de otro modo, hemos elegido pertenecer totalmente al Verbo Encarnado y eso nos hace gozosamente libres. Y libremente hemos consentido pertenecerle, haciendo oblación de todo nuestro ser[84] mediante la práctica de los consejos evangélicos según el “camino evangélico trazado en las Constituciones del Instituto del Verbo Encarnado”[85], porque estamos convencidos de que, como dice el Místico Doctor, “los bienes inmensos de Dios no caben ni caen sino en corazón vacío y solitario”[86].

Oblación del reino Fórmula de consagración en el IVE

delante vuestra infinita bondad,
y delante vuestra Madre gloriosa,
y de todos los sanctos y sanctas
de la corte celestial,
[…] Por esto, delante de Dios nuestro Señor
y de todos sus santos
, […]Pido la intercesión de Nuestra Señora,
de los Doce Apóstoles
y de los otros santos patronos
, […]

Nuestra fórmula de profesión cobra toda solemnidad al presentarnos “delante de Dios nuestro Señor y de todos sus santos” e invocar la intercesión de “Nuestra Señora, de los Doce Apóstoles y de los otros santos patronos”. Y esto es así, porque la oblación que hacemos es al mismo tiempo una realidad histórica y sobrenatural, de modo tal, que tanto la profesión como la misma práctica de los votos se vuelve una realidad que trasciende el plano terreno al movernos a practicar las virtudes de la trascendencia: fe, esperanza y caridad[87].

Por otra parte, le da a nuestra consagración una impronta y un lustre que nos distingue de otros religiosos y es la gran veneración a la Madre del Verbo Encarnado y a los santos, obras maestras de Dios, en quienes honramos al mismo Dios[88].

Me parece apropiado afirmar que estando nuestra espiritualidad anclada en el misterio de la Encarnación al punto que podemos decir que “se deriva de la Persona del Verbo y de su Madre”[89], la devoción mariana es inherente a nuestra consagración y sin ella no se entiende, pues decimos que somos “esencialmente misioneros y marianos”[90]. Por eso elevamos nuestras preces a la Madre de Dios para que nos obtenga la gracia “de alcanzar esta disposición de suma, total e irrestricta docilidad al Espíritu Santo”[91] “a fin de enseñorear para Jesucristo todo lo auténticamente humano”[92]. De modo tal que nuestra consagración manifieste “un señorío sobre todas las cosas, junto con una voluntad libérrima, pronta para agradar sólo a Dios”[93]. Y de la Virgen Madre esperamos obtener todo el auxilio necesario para cumplir con el honoroso deber de “prolongar la Encarnación en todas las cosas”[94]. Consecuentemente, nuestra consagración está enmarcada, impregnada y es difusiva de la devoción a María Santísima siendo “consecuencia natural el marianizar toda la vida”[95]. La Virgen se convierte entonces en “el modelo que guía ‘todas nuestras intenciones, acciones y operaciones’[96][97] y es, además, el fin al cual se dirigen nuestros actos, el objeto que atrae nuestro corazón y el motivo de los trabajos emprendidos[98].

Así entonces, si nuestra consagración implica la oblación de todo nuestro ser al Verbo Encarnado, esa ofrenda la queremos hacer −“para servir mejor a Jesucristo”[99]− por manos de María Santísima “a fin de que Ella disponga de todo según su beneplácito[100], seguros de que por María, Madre del Verbo Encarnado, hemos de ir a Él, y que Ella ha de hacer de nosotros ‘grandes santos’[101][102].

Por otra parte, la veneración de los santos – como “los mejores miembros del Cuerpo místico de Cristo y el fruto mayor y más completo de la Encarnación y de la Redención”[103]−, el estudio de su doctrina sapiencial, las riquezas con las que embellecieron la obra de la Iglesia, sus virtudes heroicas y ejemplos de vida, su intercesión ante el trono de Dios “nos impulsan a buscar la ciudad futura… la perfecta unión con Cristo, o sea, la santidad”[104]. “Ellos nos recomiendan constantemente el cielo, la vida eterna, el premio de los méritos, ¡Dios!  […] empujando a generaciones enteras al heroísmo del seguimiento de Jesucristo”[105]. Por este motivo nuestra entrega a Cristo halla en los santos inspiración, ayuda y sabia doctrina para que alcancemos nosotros el cielo que ellos ya alcanzaron.

Oblación del reino Fórmula de consagración en el IVE
 

que yo quiero y deseo
y es mi determinación deliberada,
sólo que sea vuestro mayor servicio
y alabanza,

comprometo todas mis fuerzas
para no ser esquivo a la aventura misionera,
para inculturar el evangelio en la diversidad de todas las culturas, para prolongar la Encarnación del Verbo “en todo hombre, en todo el hombre y en todas las manifestaciones del hombre” asumiendo todo lo auténticamente humano, para ser como otra humanidad de Cristo,
para realizar con mayor perfección el servicio de Dios y de los hombres.

Y esto es así, simplemente porque “el amor se debe poner más en las obras que en las palabras[106].

El “comprometer todas las fuerzas” es el “determinarse de veras”[107] a imitar a Cristo en su padecer del que habla San Juan de la Cruz y que el derecho propio expresa de diversas maneras: “Queremos imitar lo más perfectamente posible a Jesucristo”[108]; “firmemente resueltos a alcanzar la santidad… con ‘una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar a ella (la santidad)’[109], etc. Porque la consagración religiosa en este Instituto implica la imitación más de cerca del misterio del Verbo Encarnado y de las actitudes que conlleva[110], lo cual trae aparejada la exigencia de conversión y de santidad, de una existencia transfigurada, de contemplar y testimoniar el rostro transfigurado de Cristo[111]. El Verbo Encarnado se ofreció al Padre sin restricción; se obló victimalmente, se inmoló en expiación, se entregó sin reservas y esa precisamente debe ser la actitud sacerdotal de todo miembro de nuestra pequeña Familia Religiosa[112].

Por tanto, todos los miembros del Instituto buscamos perfeccionarnos “siendo en Cristo ‘una ofrenda eterna para Dios’[113], ‘una víctima viva y perfecta para alabanza de su gloria’[114]. Pues esa es la actitud sacerdotal propia del ‘tercer binario’ de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola[115]. Y en esa actitud queremos vivir permanentemente, sin disminuciones ni retractaciones, sin reservas ni condiciones, sin subterfugios ni dilaciones, sin repliegues ni lentitudes. Tanto en los empeños de lo íntimo, como en los altos empeños históricos”[116]. Así, entonces, dado que “no existe en los institutos dedicados al apostolado, un camino de santidad ni de profesión de los consejos evangélicos, ni de vida dedicada a Dios y a su servicio, que no estén intrínsecamente ligados al servicio de la Iglesia y del mundo[117]; todo nuestro trabajo misionero y apostólico se fundamenta en la convicción de que es necesario que Él reine[118].

Ahora bien, en esta obra de apostolado ocupa el primer lugar el testimonio de vida, ya que “se es misionero ante todo por lo que se es… antes de serlo por lo que se dice o se hace”[119], y esa es para nosotros la “primera e insustituible forma de la misión”[120], a fin de que resplandezca entre los fieles la caridad de Cristo[121]. En este sentido, “todos los miembros de nuestro Instituto no sólo deben cumplir con la mayor perfección posible los consejos evangélicos y la entrega a Jesús por María, sino también ‘ordenar su vida según el derecho propio del Instituto y esforzarse así por alcanzar la perfección de su estado’[122][123]. No obstante, no sólo a través de nuestra consagración sino también a través de nuestra labor apostólica buscamos asociarnos a la obra de la redención y a la dilatación del reino de Dios[124] transfigurando el mundo desde dentro con la fuerza de las Bienaventuranzas.

Confesando que Jesucristo, es verdadero Dios y verdadero hombre, quien en su única persona divina une ambas naturalezas, estamos en el mundo sin ser del mundo y asumimos en Cristo todo lo humano ya que “lo que no es asumido no es redimido”[125]. Consiguientemente es nuestro empeño sublime “el ‘asumir’ las culturas, purificándolas y elevándolas a partir de Cristo y su Evangelio, entendido ‘en Iglesia’”[126] y esto lo queremos hacer “aun en las situaciones más difíciles y en las condiciones más adversas”[127].

El Verbo asumió la naturaleza humana otorgándole la dignidad de su persona divina. Del mismo modo esta asunción de toda la realidad de los hombres y sus culturas “sólo es real cuando de verdad transforma lo humano en Cristo, elevándolo, dignificándolo, perfeccionándolo. Lo que se deja sólo al nivel humano, sólo aparentemente se lo ha asumido”[128]. Entonces, en toda nuestra labor misionera nos guiamos por el principio que dice “que la verdadera inculturación es desde dentro y consiste, en último término, en una renovación de la vida bajo la influencia de la gracia”[129].

A su vez, estamos convencidos de que “es tarea de la vida consagrada difundir el Reino de Cristo hasta las regiones más lejanas, a la multitud creciente de aquellos que no conocen a Cristo. Por este motivo también “nos urge a trabajar en los lugares más difíciles (aquellos donde nadie quiere ir)”[130].

Más aun, lejos de considerar el trabajo pastoral como motivo de escapismo que ha llevado a algunos a caer en el activismo, para nosotros la labor misionera es cruz y como tal nos une más a Cristo. Es más, la fuente interior de nuestro apostolado es y deseamos que sea siempre nuestra comunión cada vez más profunda con la caridad pastoral de Jesucristo[131]. Contrario a lo que algunos piensan nosotros estamos persuadidos de que “la misión refuerza la vida consagrada, le infunde un renovado entusiasmo y nuevas motivaciones, y estimula su fidelidad”[132] ya que el acto con que se ama a Dios y el acto con el que se ama al prójimo es el mismo específicamente[133].

“Por todo esto los miembros de nuestra Familia Religiosa deben colaborar con todo entusiasmo en la labor misionera[134], realizando la donación de sí mismos a Dios por amor a tantos hombres y mujeres de nuestro tiempo que no conocen a Jesucristo, y que parecen estar suplicando como aquel macedonio: Pasa a Macedonia y ayúdanos[135][136]. El celo por la instauración del Reino de Dios y la salvación de los hombres por parte de nuestros miembros se convierte en la mejor prueba de una donación auténticamente vivida[137].

Oblación del reino Fórmula de consagración en el IVE
 

de imitaros en pasar todas injurias
y todo vituperio y toda pobreza,
así actual como spiritual,

[…] para que mi vida sea memoria viviente del modo de existir y de actuar de Jesús, el Verbo hecho carne (cf. Jn 1, 14), ante el Padre y ante los hombres. […] hago voto de vivir para siempre casto, por el Reino de los Cielos, pobre, manifestando que Dios es la única riqueza verdadera del hombre, y obediente, hasta la muerte de cruz para seguir más íntimamente al Verbo Encarnado en su castidad, pobreza y obediencia

Estas palabras de nuestra consagración –tan profundas y tan ricas de contenido– nos indican la razón misma de la profesión religiosa, a saber: el llevar a plenitud la consagración del Bautismo y representar perpetuamente en la Iglesia aquella forma de vida que el Hijo de Dios escogió al encarnarse[138] .

Por tanto, si antes decíamos que nuestra profesión religiosa era una imagen de la Trinidad, ahora debemos decir que es al mismo tiempo cristocéntrica ya que nuestra vocación implica “una adhesión que nos permite conformar con Cristo toda la existencia, mediante la práctica de los consejos evangélicos como el modo más radical de vivir el Evangelio y de seguir a Cristo”[139]. Y si bien “esto corresponde a todo religioso, ‘con mucha mayor razón nos corresponde vivir a nosotros esta realidad como religiosos de la Familia del Verbo Encarnado’[140]. Por esto, aun siendo esencial a todo religioso, queremos que no pase desapercibido en nuestras vidas. Más aún, queremos que esta impronta cristocéntrica quede marcada a fuego en nosotros y en nuestro apostolado de evangelizar la cultura. Puesto que esta realidad de ser otros Cristos es central en nuestra espiritualidad”[141].

Por eso, “queremos imitar lo más perfectamente posible a Jesucristo, ya que Él nos enseña: Os he dado ejemplo[142], y San Pablo exhorta: Tened los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús…[143], de tal manera que seamos el buen olor de Cristo[144]embajadores de Cristo[145]… del misterio del Evangelio[146]carta de Cristo[147]revestidos de Cristo[148], firmemente convencidos de que somos predestinados a ser conformes con la imagen de su Hijo[149], reproduciéndolo[150], haciéndonos semejantes a Él[151], configurándonos con Él[152], sabiendo que reflejamos la misma imagen[153] del Hijo Único de Dios”[154]. En pocas palabras: “Si somos religiosos es para imitar al Verbo Encarnado casto, pobre, obediente e hijo de María”[155].

Cada uno de los miembros del Instituto nos sabemos llamados a unirnos a Dios por la la práctica de la caridad perfecta y por la profesión de los tres votos buscamos remover de raíz todos los obstáculos que podrían impedirnos llegar a la perfección de la caridad. Estos obstáculos, como claramente enseña el derecho propio, “pueden ser tres: el amor de los bienes exteriores, que se destruye por el voto de pobreza; el deseo de los goces sensibles, sobre todo de los carnales, y se destruye por el voto de castidad; y, finalmente, el desorden de la voluntad humana, que se remedia por el voto de obediencia”[156]. Por consiguiente, si los consejos evangélicos constituyen esencialmente la vida religiosa, la caridad es su alma y su razón de ser más íntima, es su fin.

Por la práctica de la pobreza evangélica, los miembros del Instituto del Verbo Encarnado, buscamos imitar a Cristo pobre: “pobre en su nacimiento, más pobre en su vida y pobrísimo en la cruz”[157], hasta llegar a conquistar el desprendimiento total, no solo de los bienes materiales sino de todo cuanto no sea el mismo Dios, lo que supone la perfección de la caridad y la santidad completa y consumada. Como dice San Juan de la Cruz, “amar es despojarse por Dios de todo lo que no es Dios”[158].

Por la práctica de la castidad consagrada ofrecemos a Dios el holocausto de nuestro cuerpo y de todos nuestros afectos naturales, lo cual implica una elección preferencial del amor exclusivo a Dios. Siendo nuestro anhelo el vivir la castidad victoriosa triunfal, como anhelado y alegre sacrificio para obtener la íntima unión con Dios de aquel matrimonio espiritual y virginal que caracteriza la vida consagrada, en el cual el corazón no queda sofocado, sino entregado, hecho sagrado[159].

Además, y muy principalmente, siguiendo el ejemplo del Verbo Encarnado, los miembros del Instituto nos entregamos a Dios totalmente por el voto de obediencia, mediante el cual queremos hacer don de nuestra voluntad[160].  “Nada mejor puede el hombre ofrecer a Dios que el sometimiento de la propia voluntad a otro por amor a Dios”[161], enseña Santo Tomás de Aquino. Por tanto, a imitación del Verbo Encarnado, hecho obediente hasta la muerte y muerte de cruz[162] –por la cual redimió y santificó a los hombres– nosotros buscamos vivir la obediencia cooperando con Cristo a la salvación del prójimo, es decir, participando en la Redención de Cristo.

Oblación del reino Fórmula de consagración en el IVE

queriéndome vuestra sanctísima majestad elegir y rescibir en tal vida y estado.
 
El amor y la gracia de la Santísima Trinidad
me ayuden a ser fiel en la obra
que ha comenzado

Por último, digamos que “la vida religiosa es un seguimiento de Cristo, pero no de cualquier manera ‘sino con el propósito de no volverse atrás. Por eso dijo nuestro Señor: Nadie que pone la mano en el arado y mira atrás es apto para el Reino de Dios[163]. Y es con ese firme propósito de seguir a Cristo que hacemos los votos’”[164]. Mas siendo conscientes de la sublimidad de tal empresa y de las miserias y debilidades que nos aquejan no sólo pedimos la intercesión de la Virgen y de los santos sino que pedimos al mismo Dios que nos ayude a ser fieles en la obra que ha comenzado[165].

En nombre de la Iglesia y del Instituto quien recibe la profesión de los votos religiosos reconoce el deseo explícito del religioso de una total conformación con Cristo, Verbo Encarnado[166]. Deseo que hay que hacer efectivo y en el que hay que perseverar precisamente “para una más abundante santidad de la Iglesia”[167] y dilatación del reino de Dios.

* * * * *

El camino que conduce a la santidad, la conquista del reino, conlleva, pues, la aceptación del combate espiritual.

“La transformación del mundo y la construcción del reino de Cristo, reino de justicia y de paz, sólo puede realizarse por la gracia y el poder del amor de Dios en nosotros. Solo el amor puede transformar los corazones… La única violencia que lleva a la construcción del reino de Cristo es el sacrificio y el servicio que nacen del amor”[168].

Por eso la idea clamorosa sigue siendo: sacrificarse. Así se dirige la historia, aun silenciosa y ocultamente[169].

Que María Santísima, Reina de los Cielos, nos alcance la gracia de “saber morir”[170] para vivir[171].

 

[1] Mt 19, 12.

[2] P. Casanovas, Comentario y explanación de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola, vol. 1, p. 105.

[3] Cf. Ejercicios Espirituales, [91] y [100].

[4] Ejercicios Espirituales, [53].

[5] Ejercicios Espirituales, [230].

[6] Dan 7, 13.

[7] Apoc 19, 16.

[8] San Cirilo de Alejandría, In Ioh., XII, 18, 38: MG 74, 632.

[9] 1 Pe 1, 18-19.

[10] Jn 1, 14.

[11] Heb 1, 2.

[12] Directorio de Espiritualidad, 222.

[13] Pío XI, Encíclica sobre la Fiesta de la realeza de JesucristoQuas Primas (1925), 4.

[14] Ibidem.

[15] Ibidem, 16.

[16] Directorio de Espiritualidad, 223.

[17] Jn 18, 36.

[18] Lc 1, 33.

[19] Mt 28, 18.

[20] Misal Romano, Prefacio de Cristo Rey.

[21] Directorio de Espiritualidad, 224.

[22] Ejercicios Espirituales, [95].

[23] Constituciones, 7.

[24] Vita Consecrata, 22.

[25] San Cipriano, Sobre la oración del Señor, 13-15; CSEL 3, 275-278. Citado en Directorio de Espiritualidad, 8.

[26] Subida al Monte, Libro 3, cap. 12, 2.

[27] Lumen Gentium, 44.

[28] San Rafael Arnáiz Barón, De la carta al Hermano Tescelino, desde Villasandino, 1 de noviembre de 1937.

[29] Cf. Pastores Dabo Vobis, 50. Citado en Directorio de Vida Consagrada, 145.

[30] Evangelica Testificatio, 3.

[31] Cf. Directorio de Espiritualidad, 34.

[32] Cf. Directorio de Espiritualidad, 35.

[33] Cf. Directorio de Espiritualidad, 36.

[34] Directorio de Espiritualidad, 38.

[35] Cf. Directorio de Espiritualidad, 161; op. cit. Cf. Santo Tomas de Aquino, S. Th., II-II, 186, 7.

[36] Cf. Vita Consecrata, 80.

[37] Cf. Jn 1, 14.

[38] Constituciones, 254.257.

[39] San Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, [98].

[40] Ibidem, [95].

[41] Cf. San Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la esperanza, p. 114.

[42] Cf. Vita Consecrata, 38.

[43] San Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, [98].

[44] Constituciones, 254.257.

[45] Constituciones, 1.

[46] Cf. Constituciones, 2; op. cit. Lumen Gentium, 44.

[47] Constituciones, 61.

[48] Directorio de Vida Consagrada, 231; op. cit. Cf. Vita Consecrata, 20.

[49] Directorio de Vida Consagrada, 232; op. cit. Cf. Vita Consecrata, 21.

[50] Directorio de Vida Consagrada, 233; op. cit Constituciones, 9.

[51] Cf. Constituciones, 254.257.

[52] Cf. Constituciones, 1.380.

[53] Constituciones, 380.

[54] Constituciones, 13.

[55] Constituciones, 17.

[56] Cf. 1 Co 7, 32-34.

[57] Cf. Directorio de Vida Consagrada, 147.

[58] Constituciones, 231.

[59] Cf. Constituciones, 203.

[60] Constituciones, 254.257.

[61] Ro 8, 9.

[62] Directorio de Espiritualidad, 235.

[63] Cf. Vita Consecrata, 20.

[64] Directorio de Vida Consagrada, 12.

[65] Directorio de Vida Consagrada, 130; op. cit. Sacra Virginitas, p. 9.

[66] Cf. Directorio de Vida Consagrada, 146.

[67] Congregación para los Religiosos e Institutos seculares, Elementos esenciales de la doctrina de la Iglesia sobre la vida religiosa, 5. Citado en el Directorio de Vida Consagrada, 10.

[68] Cf. Santo Tomás de Aquino, S. Th., II-II, 186, 6, ad 2.

[69] Directorio de Vida Consagrada, 46.

[70] Constituciones, 48.

[71] Constituciones, 51; op. cit. Cf. Santo Tomás de Aquino, S. Th., II-II, 186, 7.

[72] Enseña el CIC, c. 607, § 2 que: “Un instituto religioso es una sociedad en la que los miembros, según el derecho propio, emiten votos públicos perpetuos, o temporales (…), y viven vida fraterna en común”.

[73] Cf. Directorio de Vida Consagrada, 13.

[74] Directorio de Vida Consagrada, 14.

[75]  Cf. Lumen Gentium, 44. Cf. también Constituciones, 23.

[76] Directorio de Vida Consagrada, 15.

[77] Constituciones, 55.

[78] Mensaje del Sínodo, IX° Asamblea General Ordinaria, sobre “La Vida Consagrada y su misión en la Iglesia y en el mundo”, OR (04/12/1994), 5. Citado en el Directorio de Vida Consagrada, 100.

[79] Constituciones, 74; op. cit. Cf. CIC, can. 601.

[80] Flp 2, 8.

[81] Directorio de Vida Consagrada, 55; op. cit. Caminar desde Cristo: un renovado compromiso de la vida consagrada en el tercer milenio, 13.

[82] Constituciones, 49.

[83] Directorio de Vida Consagrada, 14.

[84] Cf. Constituciones, 254.257.

[85] Ibidem.

[86] San Juan de la Cruz, Epistolario, Carta 15 a la M. Leonor de san Gabriel, OCD (18/07/1589).

[87] Constituciones, 40.

[88] Cf. Directorio de Espiritualidad, 257.

[89] Constituciones, 36.

[90] Constituciones, 31.

[91] Constituciones, 19.

[92] Constituciones, 30.

[93] Constituciones, 56.

[94] Constituciones, 17.

[95] Constituciones, 85.

[96] Cf. San Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, [46].

[97] Constituciones, 86.

[98] Cf. Directorio de Vida Consagrada, 222.

[99] Constituciones, 82.

[100] Cf. San Luis María Grignion de Montfort, Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, 121-125.

[101] Cf. Ibidem, 47.

[102] Constituciones, 84.

[103] Directorio de Espiritualidad, 257.

[104] Directorio de Espiritualidad, 256; op. cit. Lumen Gentium, 50.

[105] Cf. Directorio de Espiritualidad, 257.

[106] San Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, [230].

[107] Subida del Monte Carmelo, Libro 2, cap. 7, 7.

[108] Directorio de Espiritualidad, 44.

[109] Directorio de Espiritualidad, 42; op. cit. Santa Teresa de Jesús, Camino de Perfección, 35, 2.

[110] A saber: “la práctica de las virtudes del anonadarse: humildad, pobreza, dolor, obediencia, renuncia a sí mismo, misericordia y amor a todos los hombres”. Directorio de Espiritualidad, 45.

[111] Cf. Directorio de Vida Consagrada, 234.

[112] Cf. Directorio de Espiritualidad, 73.

[113] Cf. Misal Romano, Plegaria Eucarística III.

[114] Cf. Misal Romano, Plegaria Eucarística IV.

[115] Cf. San Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, [155]. [157].

[116] Cf. Directorio de Espiritualidad, 73.

[117] Cf. Perfectae Caritatis, 5

[118] Cf. Directorio de Espiritualidad, 225; op. cit. 1 Co 15,25.

[119] Redemptoris Missio, 23.

[120] Redemptoris Missio, 42.

[121] Cf. Ef 3, 19.

[122] CIC, can. 598 § 2.

[123] Constituciones, 378.

[124] Cf. Directorio de Vida Consagrada, 246; op. cit. Perfectae Caritatis, 5.

[125] San Ireneo, citado en el Documento de Puebla, 400.

[126] Directorio de Espiritualidad, 65.

[127] Constituciones, 30.

[128] Directorio de Espiritualidad, 50.

[129] Cf. Directorio de Espiritualidad, 51.

[130] Directorio de Espiritualidad, 86.

[131] Cf. Directorio de Vida Consagrada, 261.

[132] Directorio de Vida Consagrada, 268; op. cit. cf. Vita Consecrata, 78.

[133] Cf. Directorio de Vida Consagrada, 252; op. cit. Cf. Santo Tomás de Aquino, S. Th., II-II, 25, 1c.

[134] Cf. Directorio de Misión Ad Gentes, 72.

[135] Hch 6, 9.

[136] Directorio de Vida Consagrada, 271.

[137] Cf. Directorio de Vida Consagrada, 265.

[138] Cf. Lumen Gentium, 44. Citado en Directorio de Espiritualidad, 43.

[139] Cf. Vita Consecrata, 16.18.

[140] Directorio de Espiritualidad, 29.

[141] Cf. Directorio de Espiritualidad, 30.

[142] Jn 13, 15.

[143] Flp 2, 5.

[144] 2 Co 2, 15.

[145] 2 Co 5, 20.

[146] Ef 6, 19.

[147] 2 Co 3, 3.

[148] Ga 3, 27.

[149] Ro 8, 29.

[150] Cf. R 8,29.

[151] Cf. Flp 3, 10.

[152] Cf. Flp 3, 21.

[153] 2 Co 3, 18.

[154] Directorio de Espiritualidad, 44.

[155] Directorio de Vida Consagrada, 326.

[156] Directorio de Vida Consagrada, 52; Santo Tomás de Aquino, S. Th., II-II, 186, 7c.

[157] Constituciones, 66; San Bernardo, Vitis mystica, cap. II.

[158] Subida del Monte Carmelo, II, 5, 7.

[159] Cf. Constituciones, 59.

[160] Cf. Constituciones, 72.

[161] Santo Tomás de Aquino, S. Th., II-II, 186, 5, ad 5.

[162] Flp 2, 8.

[163] Lc 9, 62.

[164] Cf. Directorio de Vida Consagrada, 44; Santo Tomás de Aquino, S. Th., II-II, 186, 6, ad 1.

[165] Cf. Constituciones, 254;257.

[166] Ibidem.

[167] Lumen Gentium, 47

[168] San Juan Pablo II, A las religiosas en Manila (17/02/1981).

[169] Cf. Directorio de Espiritualidad, 146.

[170] Directorio de Espiritualidad, 173.

[171] Directorio de Espiritualidad, 178.

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