Señorío sacerdotal: sacerdotes que no sean tributarios

SEÑORIO  SACERDOTAL : Sacerdotes que no sean tributarios

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“Vivan en plenitud la reyecía y el señorío cristiano y sacerdotal” . Constituciones IVE, 214

Misa de iniciación del VII capítulo general del IVE – Montefiascone (1/07/2016)

“Queremos formar almas sacerdotales y de sacerdotes que no sean ‘tributarios’[1][2], declara con toda firmeza y claridad nuestro derecho propio.

¿Qué es ser tributario? Nos lo explican también nuestros documentos: “Tributario […] es el que reconoce el señorío que otro tiene sobre sí y paga algo como manifestación de ello. Tributario significa: ‘ofrecer o manifestar veneración como prueba de agradecimiento o veneración (…) es el que se subordina –indebidamente–, a los poderes temporales, a las modas culturales, al espíritu del mundo, como si fuesen el fin último en lugar de Dios”[3].  Así entendido, cuando el sacerdote es tributario se convierte en vasallo que le entrega algo a su amo en reconocimiento de su señorío. Y como magníficamente explicaba el Místico Doctor de Fontiveros, San Juan de la Cruz: “así, el que ama criatura, tan bajo se queda como aquella criatura, y, en alguna manera, más bajo; porque el amor no sólo iguala, más aún sujeta al amante a lo que ama”[4] y todo “señorío temporal y libertad temporal delante de Dios ni es reino ni libertad”[5].

1. Tributarios: incapaces de coherencia

Pongamos ejemplos más concretos, ya que históricamente se han dado varias formas de tributarismo por parte de algunos miembros de la Iglesia. Para ilustrar: “Dentro del movimiento protestante esto se hizo muy patente, porque ellos tuvieron que pagar las concesiones que hicieron al poder temporal con el objeto de triunfar en su rebeldía contra la Iglesia. Así quedaron sujetos al príncipe, que aprovechó la ocasión de adueñarse de las riquezas de la Iglesia Católica y de las conciencias de los súbditos”[6].

Pero más contemporáneamente aun, “son tributarios los progresistas que intentan conciliar su supuesta fe católica con las ideologías modernas. Supuesta fe católica porque no es católico quien adhiere a principios y normas que no están en consonancia con la fe y tradición de la Iglesia; ni quien intenta sujetar la Iglesia al poder civil”[7]. Por eso son tributarios también quienes en un afán por atraer vocaciones proponen un estilo de vida ‘atenuado’ hasta llegarse a acomodarse a un modelo de vida mundano, que deja de lado la radicalidad de la belleza y valía del seguimiento de Cristo Crucificado. O quienes quitan fuerza y solidez a la formación doctrinal que ofrecen, diluyéndola para adaptarse a doctrinas pasajeras, o mejor dicho, abrazando una doctrina que “rehúye toda clasificación y tiene una sola nota distintiva y característica, que es la nota de perfecta y absoluta incoherencia[8] y que más bien parece rendir culto a la dilogía[9], a la ambigüedad, a la multiplicidad de sentidos, al equívoco y a la anfibología[10].

Estos tales se espantan considerando que ‘no es normal’ que un Instituto florezca en vocaciones precisamente por ofrecer un “testimonio de lo Trascendente”, por la austeridad y tenor de vida, por el ambiente espiritual y de serena alegría que se vive en sus comunidades, por el fervor en las obras apostólicas, por la solidez de su formación radicada en la más absoluta fidelidad a la Tradición de la Iglesia y a las enseñanzas del Magisterio Pontificio, siendo precisamente las vocaciones una prueba concreta de la bondad de Dios, y las obras de los religiosos que viven en comunión con los legítimos Pastores y son fieles a su vocación en la Iglesia, una manifestación del reino de paz que el Señor nos ha prometido y ganado con su cruz y su resurrección.

Se comportan también como tributarios aquellos que hacen uso de “pretextos” para “oponerse a la evangelización”, como enseñaba clarividentemente San Juan Pablo II: “No faltan tampoco dificultades internas al Pueblo de Dios, las cuales son ciertamente las más dolorosas. Mi predecesor Pablo VI señalaba, en primer lugar, «la falta de fervor, tanto más grave cuanto que viene de dentro. Dicha falta de fervor se manifiesta en la fatiga y desilusión, en la acomodación al ambiente y en el desinterés, y sobre todo en la falta de alegría y de esperanza»[11]. Grandes obstáculos para la actividad misionera de la Iglesia son también las divisiones pasadas y presentes entre los cristianos[12], la descristianización de países cristianos, la disminución de las vocaciones al apostolado, los antitestimonios de fieles que en su vida no siguen el ejemplo de Cristo. Pero una de las razones más graves del escaso interés por el compromiso misionero es la mentalidad indiferentista, ampliamente difundida, por desgracia, incluso entre los cristianos, enraizada a menudo en concepciones teológicas no correctas y marcada por un relativismo religioso que termina por pensar que «una religión vale la otra». Podemos añadir -como decía el mismo Pontífice- que no faltan tampoco «pretextos que parecen oponerse a la evangelización. Los más insidiosos son ciertamente aquellos para cuya justificación se quieren emplear ciertas enseñanzas del Concilio»”[13].

Del mismo modo son tributarios quienes intentan tergiversar prescripciones del Derecho Canónico, o del derecho propio, buscando salvaguardar la propia comodidad y volviendo a hacer cierto con ello que las “dificultades internas al Pueblo de Dios, son ciertamente las más dolorosas”[14]. Acaso ¿no se dan cuenta que “los hombres que esperan a Cristo son todavía un número inmenso”[15] y que “no existe misión sin misioneros”[16] y que no habrá misioneros si no hay quien los envíe?

No menos tributarios resultan los que critican lo que de hecho se hace por la evangelización: critican ya la falta de medios, ya la escasez de misioneros, ya la ‘calidad’ de la obra; todo lo critican, olvidándose de que Dios es el Artífice de la misión. Sin distinguir como corresponde están criticando a Dios y se oponen, vanamente, a los planes de Dios, pero Dios se ríe de ellos[17]. Un último ejemplo: son tributarios quienes consideran una temeridad el encarar obras confiando en la Divina Providencia. Y por miedo a que les falte lo necesario o con hambre de seguridades materiales, entregan sus obras a organizaciones civiles o al Estado, corrompiendo a las Instituciones católicas y abandonando la realidad de la confianza en la Providencia Divina[18]. Se olvidan éstos tales de que “el peligro corporal no amenaza a aquellos que, con la intención de seguir a Cristo, abandonan todas sus cosas, confiándose a la Divina Providencia”[19].

Nosotros no sólo como sacerdotes y miembros del Instituto del Verbo Encarnado, sino también como simples cristianos tenemos “no sólo el derecho y el deber, sino también la satisfacción y el honor de confesar el excelso señorío de Dios sobre las cosas y sobre los hombres”[20]. Por eso, explícitamente se nos dice: “El sacerdote no debe ser tributario por razón de su investidura y de su ministerio. Debe transmitir la verdad de Dios, aun a costa de su sangre. Debe trasmitir la santidad de Dios aceptando ser un signo de contradicción. Debe transmitir la voluntad de Dios hasta dar la vida por las ovejas”[21].

Entiéndase bien que el ser tributario implica de algún modo perder la identidad cristiana, que hace que uno se deje llevar por la mundanidad y ceda ante el discurso de quien le propone renunciar al reconocimiento existencial del señorío de Dios sobre todas las cosas, sobre la sociedad y sus cuerpos intermedios, llegando a ser incapaz de coherencia. Con marcado énfasis nos advertía esto el Santo Padre Francisco al decir: “la mundanidad destruye nuestra identidad cristiana, nos conduce a la doble vida −la que es apariencia y la que es verdadera− y te aleja de Dios”[22].

Por eso, sigue enseñando el derecho propio: “El sacerdote (y todo cristiano) es un hombre de dos reinos: Es ciudadano del Reino de Dios y es ciudadano del reino de la tierra. Cuando el sacerdote deviene tributario, se vuelve traidor por partida doble: traiciona al Reino de los Cielos y traiciona al reino de la tierra, porque no le da a este lo que este le reclama, que es la verdad y la libertad que sólo vienen del Reino de Dios”[23]. En efecto, el señorío cristiano y sacerdotal que se pide de los miembros del Instituto exige -por lealtad al mundo y por lealtad a Dios- el ser “independientes frente a las máximas, burlas y persecuciones del mundo, sólo dependiendo de nuestra recta conciencia iluminada por la fe; dispuestos al martirio por lealtad a Dios, lo que constituye el rechazo pleno y total del mundo malo”[24]. De aquí que a nosotros nos compete la sujeción y “entrega generosa al servicio de Jesucristo, el único Rey que merece ser servido”[25], a fin de alcanzar de ese modo “una realeza efectiva, aunque espiritual, sobre los hombres, aun sobre los que tienen poder y autoridad, y aun sobre los que abusan de ella”[26]. Actuar de otro modo es ser tributarios y ser tributarios es un antitestimonio, es una incoherencia.

¿Por qué decimos esto? Porque “todo antitestimonio, toda incoherencia entre cómo se expresan los valores o ideales, y cómo se viven de hecho, toda búsqueda de sí mismo y no del Reino de Dios y su justicia[27], toda falsificación de la palabra de Dios[28][29] comporta algún pactar, transigir, capitular, negociar, conceder, o hacer componendas con el espíritu del mundo.

En este sentido “los hipócritas viven de ‘apariencia’. Y como ‘pompas de jabón’ esconden la verdad a Dios, a los demás y a sí mismos, ostentando una ‘cara de estampita’ para ‘maquillar la santidad’”; “se hacen ver como justos, como buenos” y esto lo hacen muchas veces para ganarse el aplauso del mundo, para promoverse a sí mismos y -cuando no- por algún interés económico… ‘son hipócritas’”[30]. De aquí que digamos que el tributarismo además de una incoherencia es un antitestimonio.

A lo largo de la corta existencia de nuestro Instituto muchos “con color de celo”[31] y “bajo capa de virtud”[32], han objetado, criticado, obstaculizado, ridiculizado, acusado sin motivo, prohibido y hasta pareciera, se han propuesto ‘dinamitar’[33] la pequeña obra de nuestro Instituto. Estas personas hipócritas −internas y externas a la congregación− son esos que “acusan siempre a los otros pero no han aprendido la sabiduría de acusarse a sí mismos”[34]. Y es que la hipocresía cuenta con el atractivo de no decir las cosas claramente; la fascinación de la mentira, de las apariencias, es un espíritu de revuelta y confusión que “en buen romance, quiere decir espíritu de entender al revés”[35].

Esta hipocresía siembra división y el evangelio está lleno de ejemplos. Uno de ellos es el del fariseo y el publicano: El fariseo, erguido, oraba en su corazón de esta manera: ‘Oh Dios, te doy gracias de que no soy como los demás hombres, que son ladrones, adúlteros, ni como el publicano ése’[36]. Enseguida el fariseo pronuncia su distanciamiento: el publicano ése, dice con sornaY es que el hipócrita intenta acabar −o al menos denigrar cuanto puede− con aquel cuya virtud, santidad o buenas obras a él le incomoda, el radicalismo del otro lo sacude y en su intento no hace sino resaltar aún más su escasa virtud y torcidos intereses.

Otro hermoso pasaje de la Sagrada Escritura nos enseña el odio de los impíos contra el justo: “Tendamos trampas al justo, porque nos molesta y se opone a nuestra manera de obrar; nos echa en cara las transgresiones a la Ley y nos reprocha las faltas contra la enseñanza recibida. […]Es un vivo reproche contra nuestra manera de pensar y su sola presencia nos resulta insoportable, porque lleva una vida distinta de los demás… Porque si el justo es hijo de Dios, Él lo protegerá y lo librará de las manos de sus enemigos[37]. Pasaje que se aplica a Cristo: Pongámoslo a prueba con ultrajes y tormentos, para conocer su temple y probar su pacienciaCondenémoslo a una muerte infame, ya que él asegura que Dios lo visitará[38]. El Papa Francisco comenta: “Esta profecía es muy detallada; el plan de acción de esta gente malvada es un detalle tras otro, no escatimemos nada, probémoslo con violencia y tormento, y pongamos a prueba el espíritu de resistencia… tendámosle asechanzas, pongámosle trampas, [para ver] si cae… Esto no es una simple aversión, no hay un plan de acción malvado −ciertamente− de un partido contra otro: esto es otra cosa. Esto se llama ensañamiento: el diablo está siempre detrás de todo ensañamiento, trata de destruir y no escatima los medios. […] Qué es lo que hace el diablo: ensañarse. Siempre. Detrás de todo ensañamiento está el diablo, para destruir la obra de Dios[39].

Engañándose a sí mismos en su hipocresía, y en su propósito de acabar con esa persona, con esa Institución que interpela su modo de vivir, los tributarios llevan adelante el “pequeño linchamiento diario, [ese] que intenta condenar a las personas, crear una mala reputación…, descartarlas, condenarlas: el pequeño linchamiento diario de las habladurías que crea una opinión; […]y con ese ‘se dice que’ se crea una opinión para acabar con una persona. […] Y en nuestras instituciones cristianas, hemos visto tantos linchamientos diarios que nacieron de las habladurías”. De hecho “la habladuría es también un ensañamiento”[40].

Bien sabemos que “aun antes de haber comenzado –el 25 de marzo de 1984– con nuestra Congregación, ya teníamos quienes nos hacían la contra, y no de cualquier manera, sino con bronca”. Cuántas voces amenazantes se levantaron a lo largo de todos estos años con lastimosas calumnias: que éramos más lefebvristas que Lefebvre −nos decían−, que desobedientes al Papa, que cerrados al diálogo, que sin sensus ecclesiae… y cuántas acusaciones sin fundamento: que hacemos cosas sin permiso, que no hay selección y por eso tenemos muchas vocaciones (o si no, nos acusan de ‘lavarles el cerebro’), que tenemos muchas fundaciones porque en algún caso se envían religiosos solos… Con qué atropello nos han querido ‘cambiar’, nos han querido ‘convencer’ de lo contrario: cambien esto, escriban esto, firmen aquí y se les acaban sus problemas… con cuanta astucia se han formado ‘bandos’ para orquestar maquinaciones perversas y obstaculizar proyectos nobles, iniciativas pastorales, decisiones de gobierno y llevarse en la revuelta a algunos buenos…

No debe asombrarnos que, casi exclusivamente, estos ataques provengan de personas consagradas. “Esta es una enfermedad de la Iglesia”, dice el Santo Padre, “una enfermedad que surge de una forma de pensar, de sentir mundano que se hace intérprete de la ley”[41].

Por eso nos atrevemos a decir que detrás de todas esas acusaciones hay una indignación nihilista como de quien busca la aniquilación. El enfrentamiento es, en su fundamento último, teológico. No puede no ser atacado quien da testimonio radical, explícito −positivo y negativo− de Jesucristo, nuestro Señor. Es decir, quien da testimonio de la luz que vino al mundo, y las tinieblas siguen odiando a la luz por las mismas razones: y los hombres amaron más las tinieblas que la luz porque sus obras eran malas[42]. Lo profetizó Jesús: me han odiado a mí, os odiarán también a vosotros[43]; lo dice San Pablo: todo el que quiera vivir piadosamente en Cristo Jesús sufrirá persecución[44]. Lo enseña casi toda página del Evangelio, en el cual el mismo Señor llama bienaventurados a los que sufren por causa suya[45].

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