EL MISTERIO DE LA UNIÓN EN CRISTO (Efesios 2)
Con ocasión de la jornada de oración por la unidad de los cristianos, que la Iglesia ha festejado en la fiesta litúrgica de la conversión de San Pablo Apóstol, y aprovechando la exhortación del papa León XIV a varios obispos y patriarcas orientales, proponemos este pequeño ensayo, tomado casi en su totalidad de P. F. Ceuppens, Quaestiones selectae ex epistolis S. Pauli, Marietti, Taurini-Romae 1951 (167-171), con introducción y traducción nuestra.
- Introducción
En su recibimiento a obispos ortodoxos orientales, entre otros conceptos, afirmó el papa León XIV: «San Pablo viajó extensamente por Israel, Asia Menor, Siria, Arabia e incluso por Europa. Fundando y visitando muchas comunidades cristianas, se dio cuenta de las particularidades de cada iglesia, es decir, de su etnicidad, de sus costumbres, así como de sus dificultades y preocupaciones. El apóstol comprendió que las comunidades podían encerrarse demasiado en sí mismas, concentrándose sobre sus propios problemas específicos. Por eso, en todas sus cartas, san Pablo fue firme al recordarles que formaban parte del único Cuerpo Místico de Cristo. De este modo, los animaba a apoyarse recíprocamente y a mantener la unidad de fe y de enseñanzas que refleja la naturaleza trascendente y la unidad de Dios»[1].
En el segundo capítulo de la carta a los Efesios, San Pablo desarrolla este misterio de la unión de los fieles con Cristo, afirmando que se trata de un grupo de fieles que forman una unidad, en la Fe, aunque no sea uniforme ni homogéneo.
El primer paso es la Reconciliación: Estábamos muertos por los pecados y transgresiones, como también los rebeldes (2, 1-3), pero Dios, rico en misericordia, nos hizo revivir. ¡Habéis sido salvados gratuitamente! (2, 5). Esa salvación se da a través de la Resurrección de Jesucristo, quien “nos sentó en el Cielo” (v. 6). Se repite que la salvación se da fundamentalmente por la Fe, y no por las obras, para que nadie se gloríe (v. 9). Somos “su obra” (ποίημα), y se afirma que hasta “creados” (κτισθέντες) en Jesucristo (v. 10). Esta obra tiene un efecto concreto, muy notable, que consiste en incluir a los que eran “paganos de cuerpo” o “incircuncisos” (v. 11), en un solo pueblo, donde las diferencias desaparecen.
El texto en cuestión:
| Recuerden ustedes, los que en un tiempo eran paganos de cuerpo, llamados incircuncisos por los que se llamaban circuncisos de cuerpo, 12 que entonces vivían lejos de Cristo, excluidos de la ciudadanía de Israel, ajenos a la alianza y sus promesas, sin esperanza y sin Dios en el mundo. | 11 Propter quod memores estote, quod aliquando vos gentes in carne, qui dicimini praeputium ab ea, quae dicitur circumcisio in carne manufacta,
12 quia eratis illo in tempore sine Christo, alienati a conversatione Israel et extranei testamentorum promissionis, spem non habentes et sine Deo in mundo. |
| 13 Pero, gracias a Cristo Jesús los que un tiempo estaban lejos, ahora están cerca, por la sangre de Cristo. 14 Porque Él es nuestra paz, el que de ambos hizo uno solo, derribando en su carne el muro divisorio, la enemistad; 15 anulando la ley de los mandamientos con sus preceptos, para fundar en sí mismo los dos en un nuevo hombre, haciendo la paz. 16Y reconcilió ambos con Dios en un cuerpo por medio de la cruz, dando muerte en sí mismo a la enemistad. | 13 Nunc autem in Christo Iesu vos, qui aliquando eratis longe, facti estis prope in sanguine Christi. 14 Ipse est enim pax nostra, qui fecit utraque unum et medium parietem maceriae solvit, inimicitiam, in carne sua, 15 legem mandatorum in decretis evacuans, ut duos condat in semetipso in unum novum hominem, faciens pacem, 16 et reconciliet ambos in uno corpore Deo per crucem, interficiens inimicitiam in semetipso. |
| 17 Viniendo anunció la paz a ustedes, que estaban lejos y la paz a aquellos que estaban cerca. 18Porque por El, ambos tenemos acceso al Padre en un mismo Espíritu. | 17 Et veniens evangelizavit pacem vobis, qui longe fuistis, et pacem his, qui prope;
18 quoniam per ipsum habemus accessum ambo in uno Spiritu ad Patrem. |
2. Los gentiles constituyen ahora un solo pueblo con los judíos: vv. 13.18
El Apóstol describe aquí el nuevo estado en el que ahora viven los gentiles: la reconciliación con Dios se realiza en Cristo, y por medio de Cristo; como fruto, reina la paz entre gentiles y judíos y con el Padre.
Esta expresión señala la oposición con el estado miserabilísimo de los vv. 11-12: entonces estabais “sin Cristo”, “lejos”; ahora, en cambio, estáis “cerca en Cristo”, y precisamente por la sangre de Cristo (cf. Col 1, 20). La separación y la reconciliación deben considerarse ante todo con respecto a Dios, pero también con respecto a Israel; esta reconciliación se realizó “en (por) la sangre de Cristo”, lo cual parece indicar que la sangre de Cristo fue derramada en sacrificio para expiar el pecado, único obstáculo para la unión entre Dios y los hombres[2].
San Pablo explica aquí cómo se realizó esta reconciliación, presentando la misión pacificadora del Mesías. Cristo Mesías, en efecto, “es nuestra paz”; el pronombre ipse (v. 14) es colocado, enfáticamente, al inicio de la proposición. A Cristo le corresponde realizar esta reconciliación, y la razón es que Cristo es paz; sin Él no la hay; Él trae la paz a todos los suyos porque es el Príncipe de la paz (Is 9, 6); más aún, Él mismo es la paz (Miq 5, 5). Cristo es nuestra paz:
a) paz entre gentiles y judíos (vv. 14-15);
b) paz entre Dios y los hombres (vv. 16-17), siendo esta última es la fuente de la primera.
A) Cristo es la paz entre gentiles y judíos; vv. 14-15
Esto es lo que San Pablo intenta demostrar ahora. En el v. 14: Cristo hizo de ambos uno; el neutro (ipse) no se refiere aquí con certeza a dos pueblos distintos, sino que, de dos, Cristo hizo un solo pueblo. No en el sentido de que los gentiles se hicieran judíos, sino en el de que Cristo elevó a ambos pueblos a un orden superior: creó un pueblo nuevo, un nuevo Israel, al que pertenecen tanto gentiles como judíos[3].
¿Cómo constituyó Cristo este nuevo pueblo? “Derribando el muro intermedio de separación, la enemistad”. Los mismos privilegios de los judíos —el régimen teocrático, la Ley y las promesas mesiánicas— los separaban de los gentiles y constituían entre ellos una barrera, un muro infranqueable. Hay aquí una alusión clara al baluarte del templo de Jerusalén, que indicaba la separación entre el atrio de los gentiles y el atrio de los israelitas.
Los enemigos del apóstol Pablo lo acusaron de haber introducido a un gentil en el atrio reservado a los judíos, excitaron al pueblo contra Pablo y provocaron su arresto en Jerusalén, hacia el año 58 d. C. (Hch 21, 28). San Pablo llama a este muro de separación “la enemistad”, pues, a causa de la Ley y de los privilegios que los judíos habían recibido de Dios y que los separaban de todos los demás pueblos, los judíos se consideraban superiores a los otros y manifestaban desprecio hacia ellos. Por el contrario, los griegos y romanos, incapaces de soportar tal injuria, alimentaban odio y desprecio hacia los judíos. Por eso San Pablo puede referirse a la Ley y a los privilegios judíos como ‘muro de separación’, muro de odio, que Cristo derribó.
Este derribo se realiza por el sacrificio de la cruz, por el cual la Ley queda abolida, “en su carne…”.
Los autores antiguos, tanto griegos como latinos, refieren la expresión: «ἐν δόγμασιν» (in decretis; “en decretos”), del v. 15, al verbo katargēsas (“aboliendo; anulando”), y explican:
a) que Cristo, en su carne, es decir, por su muerte, abolió la Ley mosaica de carácter propiciatorio; y
b) que se indica el modo, a saber, mediante los preceptos diversos que se proponen en el Nuevo Testamento (por eso: in decretis). Los autores más recientes, en cambio, refieren ἐν δόγμασιν a “la ley de los mandamientos”, y explican que Cristo, por su muerte propiciatoria, abolió la Ley antigua que contenía los mandamientos formulados bajo la forma de numerosos preceptos de suma rigidez.
Joüon propuso otra interpretación: “Cristo abolió la Ley de los mandamientos sólo en cuanto a las prescripciones particulares”; a esta interpretación respondió J. Huby afirmando que, cuando San Pablo habla de la abolición de la Ley, la considera globalmente y no según determinadas prescripciones particulares[4].
“Para fundar en sí mismo los dos en un nuevo hombre” (ἵνα τους δύο κτίσῃ). La partícula ἵνα rige dos verbos: “crear” (κτίσῃ) en el v. 15 y “reconciliar” (apokatalláksē; reconciliet) en el v. 16. Esta partícula parece indicar más bien el propósito que el efecto. El primer propósito querido por Dios mediante la abolición de la Ley es unir a gentiles y judíos no sólo en un solo pueblo, sino en un solo hombre nuevo, crear entonces un solo hombre nuevo.
Y para que nadie interprete esta expresión en sentido meramente simbólico, como una simple unión moral, el Apóstol añade en el versículo siguiente: “en un cuerpo” (v. 16). Esta unión se realiza “en Él mismo”, en Cristo, en el Cristo místico; y esta unión es la unión de la Iglesia con su Cabeza.
Se afirma entonces:
a) la universalidad de la Iglesia, que se extiende a todos los pueblos;
b) la unidad de la Iglesia, pues todos los pueblos se unen en un solo cuerpo cuya cabeza es Cristo.
Esta obra admirable puede llamarse con toda razón una nueva creación (ktízō). De esta unión se sigue la paz entre judíos y gentiles: “haciendo la paz” (v. 15).
B) Cristo es la paz entre Dios y los hombres; vv. 16–17
v. 16: Y reconcilió ambos con Dios en un cuerpo por medio de la cruz, dando muerte en sí mismo a la enemistad.
En segundo lugar, el objetivo de la abolición de la Ley fue reconciliar a los dos pueblos no solamente entre sí, sino también con Dios. De los dos pueblos enemigos, los reconcilia en un solo cuerpo. Este es, en primer lugar, el cuerpo físico de Cristo ofrecido en la cruz (cf. Col 1, 22). Pero en san Pablo existe también el “cuerpo místico”, que tiene como centro o cabeza aquel cuerpo físico, y en el cual se reúnen todos los miembros, antes judíos o gentiles, finalmente reconciliados (cf. Ef 1, 23; Col 3, 15)[5].
El instrumento de esta reconciliación ahora se indica claramente: «por medio de la cruz»; la cruz o el sacrificio de Cristo en la cruz es el instrumento elegido por Dios; dicho sacrificio tiene, por tanto, un valor propiciatorio.
Y añade san Pablo: «dando muerte a la enemistad (την ἔχθραν) en sí mismo». En griego, την ἔχθραν (“la enemistad”) debe entenderse como la Ley mosaica, que había sido ocasión de aquella enemistad entre los dos pueblos (cf. v. 14); mientras que ἐν αὐτῷ (“en sí mismo”) debe referirse a Cristo, y no a la cruz como algunos creen erróneamente (cf. v. 15). El sentido, por tanto, es que «Cristo, con su sacrificio en la cruz, mató (ἀποκτείνας) la Ley y eliminó la enemistad en sí mismo, incorporando a todos en Él».
v. 17: Viniendo anunció la paz a ustedes, que estaban lejos y la paz a aquellos que estaban cerca.
Médebielle opina que el aoristo ἐλθων (veniens; “viniendo”) alude a la venida del Salvador a este mundo y no a la predicación después de la Pasión o después de Pentecostés; se trataría, por tanto, únicamente de la vida pública de Cristo[6].
Admitimos que ἐλθων hace alusión a la venida del Salvador; pero la evangelización que alcanza a los gentiles que estaban lejos y a los judíos que estaban cerca -alcanzando, en consecuencia, a todos los miembros de la Iglesia- parece extenderse a más allá de la sola vida pública de Cristo; es decir, al ministerio cristiano que había comenzado en Cristo y continuado por los Apóstoles y predicadores hasta el fin de los siglos; Cristo que sobrevive en los Apóstoles y predicadores.
v. 18: Porque por El, ambos tenemos acceso al Padre en un mismo Espíritu.
Se indican aquí indican la causa y la forma de la paz:
a) Causa: Esta paz, la reconciliación de los hombres entre sí y finalmente con Dios, se adquiere por Cristo (δι᾽ αὐτοῦ), es decir, por los méritos y mediación de Cristo.
b) Forma: Esta paz se posee por todos “en un solo Espíritu” (ἐν ἑνὶ πνεύματι). Antiguamente, san Juan Crisóstomo y santo Tomás entendieron esta expresión como referida a la persona del Espíritu Santo.
La paz de la que habla san Pablo es la reconciliación de los hombres entre sí y finalmente con Dios Padre; esa paz, adquirida por Cristo, se infunde en todos por un solo Espíritu, por el Espíritu Santo, que es uno y el mismo en todos, y que es principio de unidad, pues mediante sus dones produce en nosotros unidad de pensamiento y de voluntad; y donde reina la unidad, allí también hay paz. Dicha paz, que Cristo mereció y que el Espíritu Santo infunde en nosotros con sus dones, nos conduce a todos al Padre. En virtud de esta paz somos introducidos por Jesús ante el Padre, y en Dios, Padre de Jesús, encontramos también a nuestro Padre.
La reconciliación del hombre con Dios se obtiene por la infusión de la gracia, y como la infusión de la gracia es una obra que por apropiación se atribuye al Espíritu Santo, muchos autores opinan que con la expresión «en un solo Espíritu» se designa la misma persona del Espíritu Santo, y por consiguiente estaríamos en presencia de un texto trinitario. El Espíritu Santo, pues, en virtud de los méritos de Cristo, une a los fieles entre sí y con Dios; el Espíritu Santo es como el alma del cuerpo místico, porque realiza y conserva aquella unidad.
[1] https://es.zenit.org/2026/02/06/papa-leon-xiv-pide-un-desarme-ecumenico-esto-fue-lo-que-dijo/?eti=30869 [visto 12/2/2026].
[2] Coincide con la idea de Justificación y reconciliación con Dios mediante la muerte de Cristo, de Rom 5, 1-11.
[3] Gal 3, 26-28: “Ya no hay judío ni griego… todos sois uno en Cristo Jesús”. Rom 10, 12-13; Heb 15, 7-8.
[4] Cfr. P. Joüon, Notes philologiques sur quelques versets de l’Epitre aux Ephésiens, Rech. Sc. Rel 26 (1936), 457-58 ; J. Huby, Les épitres de la captivité, 1947, 185.
[5] Ef 1, 22-23: “lo dio por cabeza suprema a la Iglesia, que es su cuerpo, la plenitud del que lo llena todo en todo”; Col 3, 15: “Que la paz de Cristo ponga orden como árbitro en vuestros corazones, pues a ella habéis sido llamados en un solo cuerpo”.
[6] Cfr. A. Médiebelle, Epitre aux Ephésiens 12 (1938), 46.







